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El totalitarismo de lo políticamente correcto

 Historia de Fernando Araújo Vélez 

Revivimos esta columna, publicada originalmente en 2019, teniendo en cuenta los más recientes acontecimientos del cine y la literatura.



Como va la vida, tendremos que ir por el mundo recolectando pruebas de cada uno de nuestros pasos, de cada una de nuestras palabras, de cada reacción y cada gesto. O, incluso, de cada silencio, pues ya hasta los silencios podrían ser motivo de denuncia.

Como va esta vida, en la que las denuncias se volvieron la más letal de las armas, estaremos obligados a ir por ahí sin llamar las cosas por su nombre, para contradecir a Serrat, repletos de cumplidos para que nadie se ofenda, dispuestos a enterrar por siempre cada intento de sinceridad o de franqueza, y con dinero suficiente para comprar una decena de máscaras que sonrían de diez maneras distintas, siempre desde lo políticamente correcto, una por cada situación.

Como van las cosas, tendremos que cargar con un notario a todos lados para que dé fe de cada uno de nuestros actos, con las consecuencias que se deriven de encumbrar a los notarios o a cualquier autoridad a la sagrada condición de poseedores de la verdad, y nos vamos a tener que acostumbrar a la mediocridad y la negligencia, pues ya va siendo casi que una anécdota trabajar y hacer las cosas como mejor podamos. Lo que importa, como van las cosas hoy, son el clima laboral, los modales, las caras alegres, ser los más felices del mundo, no el trabajo. No importa valorar, y mucho menos la Justicia, sino la hipócrita moda de quererse, e ir por ahí siendo soplones y linchando en redes sociales a quien nos plazca, sin que interese mucho si caen uno, diez o un millón de inocentes.

Como va la situación, nos veremos abocados a quemar toda la literatura que no sea políticamente correcta. Y las películas y las canciones, y en la mayor parte de los casos, hasta a sus autores. Tendremos que resignarnos a leer y a ver sólo historias rosas creadas por gente rosa, intachable según las códigos actuales, en las que los protagonistas sean amables, éticos según la ética imperante hoy, buenos según la moda de lo bueno hoy, e incluyentes. Es decir, todo lo contrario de lo que ha hecho del arte, arte. Como va el mundo, las editoriales, los periódicos, las salas de cine y demás sólo exhibirán obras de quienes no hayan sido denunciados, con pruebas o sin pruebas, y ya sabemos de qué ruindad, con cuánta saña y deseos de venganza están hechas casi todas las denuncias.

Como va el asunto, cada vez los abogados y los jueces tendrán más trabajo, pues nadie dirimirá sus diferencias cara a cara, lo que significará que cada vez habrá más posibilidades de prebendas, argucias, atajos, favores y chantajes. Habrá más leyes y más códigos, que es como decir, más prohibiciones. Entonces llegará el día en el que con mucho temor, alguien recuerde que perdimos la libertad que tanta sangre costó.

El Espectador

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