Juan Camilo Rodríguez Gómez
Si hubiese diez Condes de Cuchicute, Santander sería una de las regiones más ricas y adelantadas del país. Stoyan Serafinoff y Eduardo Anjel
El 16 de noviembre de 1922 José María Rueda Gómez, Conde de Cuchicute , firmó en la Notaría de San Gil, Santander, una escritura que cambiaría totalmente su destino. A partir de lo sucedido en ese día su vida tomaría un rumbo insospechado y en gran medida el único sentido que tendría sería el de buscar la anulación jurídica de los compromisos que asumió en aquella fatídica tarde. Sus esfuerzos económicos del pasado, la fortuna que llegó a acumular, la figuración social que lo caracterizó, todo lo que había construido en cincuenta años pasaría de inmediato al olvido. Los veinticuatro años que le restaban los dedicaría a borrar lo que autorizó con su firma en aquel documento notarial del que no tuvo plena conciencia en razón del extravío mental en que se encontraba. La existencia del Conde de Cuchicute, que entonces se partió en dos, pasaría de las habladurías locales de San Gil y Socorro a formar parte de la crónica cotidiana de Bogotá y a tener un sentido histórico. De los años que luego vivió en Bogotá a lo largo de la década de los treinta, dedicado a luchar por su causa en los estrados judiciales y a exhibir su locura por las calles, quedaron un sinnúmero de anécdotas que han sido contadas por la tradición oral creando un mito que si bien recogió los aspectos humorísticos, estrambóticos y el sinnúmero de excentricidades que lo identificaron, no son suficientes para entenderlo no simplemente como un anacrónico sino como alguien que a pesar de su excepcionalidad patológica fue también muestra de su mundo y de su tiempo.
Fuente Revista Credencial
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