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El Cementerio de los Pobres

En mi ciudad, donde el cemento se valoriza y estratifica, donde los constructores sondean con frenesí el negocio de la tierra y de la altura, donde el suelo tiene precio y al aire le sacan ganancias, un pequeño rincón de la avenida El Dorado se resiste a los urbanizadores, a los terreros, a los visionarios del futuro, a los administradores de lo público. Es el Cementerio de los Pobres que, con sus columbarios, se niega al destierro, al olvido, al centavo para el peso.

Su historia está desperdigada en la Santafé de Bogotá del siglo XIX y escrita en el reverso del Cementerio Central, a donde iban a parar los restos ilustres de la élite criolla. De Santander para arriba fueron llegando los cadáveres de abolengos y poder. Al tiempo, en los extramuros de la plazoleta, en los pastizales que conducen a Engativá, iban llegando sin nombre ni inscripción los cuerpos de los pobres. Allí enterraban, primero en el suelo y luego en los columbarios, a las empleadas domésticas, los campesinos sin tierra, los vendedores de chaza, los locos de esquina, los muertos sin deudos o los más antiguos falsos positivos.

La historia de este rincón de muertos empezó con lo que se conoció como el Cementerio de la Pepita, el cual se puso en marcha a finales del siglo XVIII con la intención de enterrar allí los cuerpos sin deudos, sin patrimonio ni nombre. En esa época los muertos ilustres no se enterraban sino que se cremaban para que sus cenizas reposaran en los templos, donde un dios y un cura los protegían del mal y acompañaban en su tránsito al paraíso. Los pobres, en cambio, debían ser enterrados a cielo abierto, sin protección ni protocolo. Los indicios históricos apuntan a que antes del Cementerio Central, que se fundó en 1832, en el lugar donde se erigió la Elipse hubo unos entierros de personas que no pertenecían a la élite.

Con los restos del general Santander se inauguró la tradición de enterrar a los muertos ilustres y hacer del espacio una especie de museo de los restos memorables. Y mientras el Cementerio Central se engalanaba con tumbas y mausoleos, a su respaldo crecía el Cementerio de los Pobres. Los primeros documentos que dan cuenta de que así se protocolizó la estratificación de los muertos datan de 1855, cuando el municipio le entregó al arzobispo de Bogotá el control de las bóvedas, lo que se conoce como la Elipse. Sin embargo, la Iglesia católica no acogió a los muertos pobres y el municipio tuvo que instaurar un cementerio público para ubicar allí fosas comunes. Curiosamente, el cementerio que la Iglesia rechazó le fue entregado en administración a la Policía. Desde ese momento, el pulcro Cementerio Central ha permanecido como un museo, una necrópolis de los ricos, mientras los columbarios han sido destinados a los pobres, que el urbanismo agobia y una y mil veces han sido derrumbados, fraccionados, desplazados o desmembrados.

Una investigación realizada por Ana Margarita Sierra, Eloísa Lamilla y Javier Ortiz, del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, reconstruye la historia de este lugar de memoria. Ellos, con la dirección de Patrick Morales, han ayudado a salvar el patrimonio histórico de los embates de los urbanizadores y de los sueños de cemento del exalcalde Enrique Peñalosa, quien proyectó un parque con canchas de fútbol y básquet para los pobres, y de tenis y polo para los ricos. Los investigadores también descubrieron que en el Cementerio de los Pobres había una tendencia: allí enterraron a las empleadas domésticas de las “casas de familia” capitalinas y, según algunos indicios, a los NN que dejó el Bogotazo.

Los investigadores se sumergieron en el archivo histórico para entender la historia de este Cementerio de los Pobres y encontraron un fondo documental con registros de las personas allí enterradas desde 1900. Descubrieron que un porcentaje altísimo de las mujeres sepultadas aparecían con la ocupación: sirvienta. Cuentan las historias que se trataba de mujeres rurales que fueron desarraigadas de sus pueblos y sus familias para ser llevadas a las casas de la élite como empleadas del servicio y cuando morían eran enterradas en este lugar: el Cementerio de los Pobres.

Adenda. El 8 de noviembre habrá una visita guiada en los columbarios y el 22 del mismo mes en la librería Matorral se hará un lanzamiento del libro que inspiró esta columna. 


Por: Alfredo Molano Jimeno

El Espectador 

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