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Déjà vu y ultraderecha

 En Argentina acaba de ganar la presidencia Javier Milei, un candidato libertario con ideas radicales en contra de los derechos humanos y la intención de reducir el Estado a su mínima expresión. Fue una sorpresa, aunque desde 2016 hemos vivido este escenario una y otra vez: con el plebiscito colombiano sobre el proceso de paz, Brexit, la elección de Trump en Estados Unidos, la elección de Bukele en El Salvador, la caída de la constituyente chilena, la casi elección de Rodolfo Hernández en Colombia y ahora la elección de Milei en Argentina. De cierta forma, la victoria de Milei le duele más al movimiento global por los derechos humanos, porque Argentina ha sido un ejemplo de articulación de los movimientos sociales, estrategias de comunicación, leyes garantistas y una juventud que, hasta ahora, había tendido hacia la izquierda. El cambio que vemos en Argentina debe ser un campanazo para toda la región: una crisis económica, una pandemia, pueden hacer que el electorado cambie de prioridades y prefiera cualquier otra cosa que se sienta diferente.

Desde el 2016 fue evidente que la comunicación política cambió, recibimos nuestra información según los algoritmos de las redes sociales, que privilegian, aún más hoy, mensajes amarillistas o controversiales, radicales, emotivos, que aumentan la polarización. Los mismos algoritmos han construido burbujas, cámaras de eco, munditos ideológicos aislados de los otros y que dificultan lecturas más holísticas del clima político. Llevamos al menos siete años con esta queja, el problema se sigue agudizando y no estamos innovando lo suficientemente rápido para estar al día con los cambios en el ecosistema. Los y las defensoras de derechos humanos se enfrentan a los autoritarismos de izquierda y de derecha, a intereses de grupos empresariales locales e internacionales, a individuos y estructuras que cada vez tienen más poder y no quieren soltarlo. Les periodistas nos enfrentamos a máquinas de desinformación al servicio de grandes poderes, y la mayoría de las veces terminamos cayendo en su juego.

Cuando ocurren estos reveses políticos, hay una explicación recurrente en la que caen muchos: con Trump eran las “identity politics”; con el plebiscito, “la ideología de género”, y ahora, con Argentina, la teoría resurge para echarle la culpa a los feminismos. Pienso que esta afirmación es injusta: una cosa es que los feminismos no hayan logrado derrotar a un rival que cada vez se hace más grande, y otra que sean culpables del giro a la derecha. No es el feminismo el que ha precarizado las vidas de las personas; el derecho al aborto no fue culpable de la inflación. El movimiento feminista hizo lo que pudo, fragmentado por la pandemia, decepcionado del gobierno, sin recursos económicos. Y claro que la victoria de Milei hace parte de un backlash que viene con tanta fuerza como la que tuvo en su momento la Marea Verde. Porque no hay avances en derechos sin una resistencia y remontada del poder. Las luchas feministas toman décadas, hemos perdido mil batallas, y aquí seguimos, y estos golpes son devastadores, pero así son las luchas por los derechos humanos. Lo que sigue es diseñar más y mejores estrategias, porque es seguro que volveremos a vivir algo similar pronto y vamos aprendiendo algo en cada derrota. No es una tarea fácil porque hay muchas cosas para las cuales no tenemos respuesta, pero sí tiene que ser un esfuerzo regional. Este retroceso en Argentina lo compartimos y lo enfrentamos todas.

Por Catalina Ruiz-Navarro

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