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Despotismo democrático

 Todo indica que Javier Milei será otro mandatario populista en América Latina. Hasta ahí, nada nuevo; uno más en la larga lista de políticos que han sabido capturar el descontento popular para llegar a la presidencia. Pero eso no es todo, porque si así fuera no estaría escribiendo esta columna. ¿Qué hay de distinto entonces? Pues que Milei hace parte de un fenómeno mucho más amplio y más preocupante, que está socavando la democracia desde adentro.

Milei ha reconfirmado, después de Trump, Bolsonaro y Chávez, entre otros, que para convencer a los votantes es menos importante tener buenas ideas que instigar sus pasiones. Me dirán ustedes que otros políticos han hecho eso en el pasado. Es verdad, pero lo hacían sin las redes sociales y eso disminuía sus posibilidades de éxito.

Me explico: estamos viviendo al ritmo de las redes sociales. O, mejor, a su imagen y semejanza, pues Facebook, Twitter, TikTok no reflejan la realidad, sino que la realidad las refleja a ellas. El mejor ejemplo de lo que digo es el de los políticos que imitan a los influenciadores de las redes. Estos últimos están en una competencia feroz por hacerse ver y muchos de ellos, para lograrlo, hacen el ridículo, escandalizan o mienten. Esos empresarios de la desfachatez son los que más éxito tienen y los políticos están replicando su modelo de negocio. Para sobrevivir ambos tienen que decir algo incendiario: despotricar de los contrincantes, convertirlos en demonios o postular una teoría conspirativa. Eso fue lo que hizo Milei: en lugar de decir que había que reducir el tamaño del Estado y dejar que el mercado regulara la vida en sociedad, salió montado en una camioneta con una motosierra en la mano a gritar: “Que tiemble la casta”, refiriéndose a los peronistas en el poder. En lugar de criticar la ineficacia de la burocracia y de los subsidios a los pobres, se puso frente a un tablero con los nombres de los ministerios inscritos en adhesivos para luego leerlos y arrancarlos mientras gritaba: “¡Fuera!”.

El mundo de la política está lleno de personajes mediocres que, imitando el lenguaje sedicioso, vulgar o simplemente falso de los influenciadores, se están volviendo famosos. Congresistas como Marjorie Taylor Greene en los Estados Unidos o Miguel Polo Polo en Colombia son muchísimo más conocidos que sus colegas estudiosos y talentosos. El sistema no está premiando a los que hacen las cosas bien. Lo mismo está pasando con los periodistas: para agrandar las audiencias, muchos prefieren inflamar antes que informar, como ocurre en Fox News o en la revista Semana.

Se juntan entonces tres cosas: primero, la gente razonable participa menos en las redes que los incendiarios, con lo cual los últimos están sobrerrepresentados (unas cinco veces más, según cálculos); segundo, los periodistas, en busca del rating, empoderan a los incendiarios; tercero, en un clima de rabia con la política convencional, los votantes, incluso algunos razonables, optan por el candidato más disruptivo: el incendiario. El sistema electoral, siguiendo sus propias reglas, escoge el camino de su propia destrucción.

La democracia está siendo desbordada por una realidad tecnológica que no tiene más de 20 años y que es demasiado volátil, emocional y compleja. Ese desbordamiento está alimentando un tipo de populismo que, y eso es lo nuevo, será también democrático, al menos electoralmente. A principios del siglo XIX, Alexis de Tocqueville ya contemplaba esta posibilidad y le puso el nombre de despotismo democrático. “Será —decía— más extendido y más suave y degradará a las personas sin atormentarlas”.

Por Mauricio García Villegas 

24 de noviembre de 2023

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