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TERF (Feminismo transexcluyente radical)

 Me siento obligada a participar en este debate feminista, que por ahora ha tenido más resonancia en España y México que en el resto de Iberoamérica, porque mi cuero está en juego: cada vez que alguien menciona la exclusión como mecanismo de operación política, una sabe que algo huele feo, y que detrás, alguna pretensión de pureza está buscando legitimar agendas. El argumento transexcluyente es que las mujeres que luchamos por el derecho a autoidentificarnos dentro de una sociedad que por siglos solo las definió como vehículo biológico reproductivo o máquina de placer, no somos mujeres. No compartir cierta experiencia o configuración del cuerpo, insisten, promueve el “borrado” de la mujer como agente genuino de reivindicación de justicia histórica y permite a cualquier persona, como en efecto las leyes lo hacen, declararse en femme sin tener la genética. Las gallinas a poner huevos, los pollos al asadero.

La construcción contemporánea de “la mujer”, a la cual las trans debemos nuestro reconocimiento, ha sido un proceso duro y complejo, como lo atestiguan las mismas luchas feministas. Pero no hay que olvidar que la convergencia de idearios ha estado marcada por las limitaciones y poca disponibilidad de reconocer la interseccionalidad que habita cada una de nosotras: la lucha contra la esclavitud, por ejemplo, no siempre incluyó la solidaridad de las mujeres blancas con las negras, y el reconocimiento de mujeres indígenas lesbianas obligadas a abortar tras ser violadas para “corregir sus defectos de comportamiento” no parece suscitar una reflexión un poco más sofisticada acerca del feminismo. Hay peligrosas limitaciones en las visiones aristocráticas, donde la “liberación” consiste en el reemplazo de los liderazgos machistas por esos cuerpos biológicamente identificados como mujer, porque ni las hormonas ni la profundidad de la voz nos hace más democráticas o justas porque sí. Mi femenina próstata no es más útil para hablar de políticas de Estado que la masculina matriz de mis amigos trans. Lo que sí nos es útil es la historia de empoderamiento, que inspira a todas las personas a estar radicalmente presentes en el mundo.

Las trans sabemos que nuestras elecciones corporales y estéticas podrán resultar molestas, perturbadoras, inadecuadas, pero nunca una señal de superioridad ética. Creo que una mujer trans que compite en ciclismo distorsionando las categorías previamente designadas para garantizar equidad incurre en dopaje y debería evitar la tentación de reafirmar su poderío corporal, súbitamente aceptado por las leyes, para ganar. Igualmente, una persona que cometió un delito en su condición de hombre no puede pedir que se corrija su identidad para escapar la reclusión en cárceles masculinas. Son precisiones sencillas que pueden hacer las normas. Siempre rechacé participar en reinados de belleza por ese mismo motivo: mi belleza consciente, tecnológica y legalmente mejorada dejaba en clara desventaja a las demás participantes.

Volver a la defensa de la mujer basándose en una construcción identitaria biológica que nos revictimiza es un salto atrás, mejor concentrarnos en fortalecer una agenda transfeminista solidaria que reconoce que el problema no son los hombres, sino la masculinidad tóxica. Es una lucha de mayorías diversas aplastadas por las jerarquías militares y financieras de la historia, gestadas en matrimonios arreglados, abuso infantil, violencia sexual y el ejercicio desmedido del apetito ególatra que consume gente de la misma manera que al planeta. El imperativo ético de las mujeres trans es apoyar, radicalmente, todas las transiciones hacia un mundo más justo, desde la diversidad de cuerpos, que, por otra parte, apenas empieza a despuntar. 

Por Brigitte LG Baptiste 

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