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Cambié de opinión sobre el aborto

 Aunque ustedes no lo crean, en algún momento de mi vida estuve en contra del derecho al aborto. Pensaba que era una “irresponsabilidad” que podía evitarse simplemente “cuidándose”. Claro, en ese entonces no tenía más de dieciséis años, no había comenzado mi vida sexual, y tenía una mamá que me había dado toda la información necesaria para prevenir un embarazo y estaba dispuesta a pagarme las pastillas anticonceptivas. Era joven, arrogante, privilegiada y no había salido jamás de mi burbuja. Recuerdo también con mucha claridad por qué había tomado esa postura: no sabía nada ni de aborto ni de sexo, pero quería decirle al mundo que yo sí era una chica “madura y responsable”, a diferencia de las otras, una necesidad que era un testimonio de mi gran inmadurez.

Irme a estudiar y vivir sola a Bogotá fue clave para entender que el mundo no era una progresión infinita de mis propias circunstancias. En los primeros semestres de universidad llegó a mí un libro de Freakonomics, en donde se preguntaban cuál era el impacto social de la implementación del derecho al aborto en Estados Unidos, y concluía que disminuir la maternidad forzada ayudaba a construir sociedades más justas y seguras. Esto solo lo pude entender porque había vivido un poquito más, me había equivocado, la gente a mi alrededor se había equivocado, y me ayudó a tener unos estándares más compasivos para mí y para las personas a mi alrededor.

De mis columnas en El Espectador reniego especialmente de una que hice en el 2012 ¡en contra del lenguaje incluyente! Al igual que cualquier señoro me quejé de que se oía “feo”, de que “las frases se alargarían”, que las discusiones sobre gramática distraían del “problema real”, y que “el sexismo no nace en el lenguaje, y no se remedia cambiando las palabras”. Era extraño que afirmara esas cosas cuando al mismo tiempo entendía que “el lenguaje es algo que sucede, que está en constante evolución y cuya función esencial es comunicar y no forzarse a obedecer normas impuestas”. Pero cuando escribí esa columna no habitaba de forma regular espacios de militancia feminista y no entendía la carga política que venía con exigir el todas y, en ese entonces, incipientemente el todes, ni cómo la incomodidad que generaba el lenguaje incluyente era una importante forma de incidencia. Muy pronto entendí que no se trataba de mis preferencias personales, sino del respeto y la empatía a los espacios colectivos, y le agradezco a la amiga y colega filósofa que en ese entonces me dijo: “tú deberías saber que el lenguaje construye el mundo”.

Dejé de decir que “las terfs no eran feministas” cuando una compañera trans me dijo que tenía que reconocer que el feminismo ha sido racista, clasista, transfóbico, que eso también hace parte de nuestro movimiento y que no podemos mejorar si no tomamos una postura crítica que comience por reconocer, criticar y enmendar nuestras equivocaciones históricas. También decía que el feminismo era “buscar la igualdad de derechos”, hasta que una defensora indígena me señaló que a veces los derechos solo nos tocan a las blancas, y por eso son apenas una parte de nuestras luchas, que deberían centrarse mejor en buscar una buena vida para todas las personas.

Tengo la fortuna de haber cambiado de opinión muchas veces. Pienso que es una fortuna porque significa que he dejado de buscar aprobación en el lugar equivocado, que he tenido amigas, colegas, y compañeras de lucha que han tenido la paciencia de señalarme mis errores, y que he podido conocer otros mundos distintos al mío con personas que han ampliado las posibilidades de mi imaginación y me han enseñado a ser más compasiva y más crítica.

Por Catalina Ruiz-Navarro

06 de diciembre de 2023  

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